Todo empezaba con una imagen de televisión sin sintonizar.
Puntos y rayas blancos y negros ocupaban mi campo de visión. Era una premonición. Sabía que iba a empezar y que lo iba a pasar mal. La escena era siempre en blanco y negro y transcurría en mi cuarto. Yo me despertaba y me disponía a salir, pero la puerta se cerraba de golpe. Rápidamente me dirigía a la ventana pero las persianas se caían de pronto con un ruido atronador. Gritaba pero nadie me oía. Lloraba pero no servía de nada. Oía golpes por todas partes. Había vuelto a pasar.Con un sudor frío me despertaba y en medio de lágrimas me iba a la cama de mis padres. Mi madre no quería saber nada y era mi padre el que me hacía un hueco a su lado. Me preguntaba por lo que había pasado pero no quería contestarle.
Un día, se lo conté.
Él me dijo que siendo yo un zagalín de dos años me metí en su cuarto de baño y cerré el pestillo. Cuando se dieron cuenta de lo que había pasado intentaron que lo abriera pero era muy pequeño
para entender qué es lo que querían así que tuvieron que ir a por el martillo y tirar la puerta abajo. Cuando lograron abrir un boquete para meter la mano y desatrancar la puerta, me vieron a mí al fondo, detrás del retrete, incapaz siquiera de llorar por el miedo que estaba pasando.A partir de ese momento no volví a tener jamás esa pesadilla.
El parche en la puerta del baño siguió allí muchos años.
Shhh!!! chiquitín, no digas nada
Y olvida ese sonido que oiste
Es sólo la bestia bajo tu cama,
En el armario, en tu cabeza.
