Mientras leía algunos de los textos de berlunes me he encontrado con un articulillo con el que me he descojonado (o como quiera que se escriba). Soy tío. Me confieso. Y además de serlo lo ejerzo con todo lo que ello implica.
Entre otros millones de cosas, hablar de cacas y pedos y culos forma parte de la idiosincrasia del género masculino. Y no sólo hablar, sino también regocijarse es una actitud imprescindible para cualquier "tío" que se precie.
Amigos, con ustedes el reportaje sobre "El Wáter Comunista"
Cualquiera que haya visitado alguna vez algún país con pasado comunista es bastante probable que a la hora de visitar el retrete se haya topado con una inesperada sorpresa, lo que yo denomino, el wáter comunista.
Los wáteres normales a los que estamos acostumbrados los españoles pueden ser básicamente de dos tipos: aquellos en los que el excremento aterriza directamente sobre el agua o aquellos en los que impacta sobre la porcelana y se desliza por una pronunciada pendiente hasta caer en el agua. Al finalizar se tira de la cadena y en un 99′9% de los casos la deposición desaparecerá sin problemas. Su diseño es sencillo, limpio y efectivo.
Sin embargo los wáteres comunistas disponen de una bandeja horizontal, sin agua, situada a no mucha distancia del trasero del usuario. A la hora de tirar de la cadena muchas veces es necesario hacerlo repetidas veces hasta deshacernos de la excreción, que desaparecerá (con suerte) por un pequeño agujero lleno de agua.
Aitor García describe en su pagina web aitorgarcia.net como descubrió el water comunista en Polonia :
“[…] en la residencia donde nos hospedábamos mi amigo Mon y yo, teníamos que compartir baño con Anne Claire, una guapa y adorable chica francesa. La pobrecilla no ganaba para sprays ambientadores…” Cuál fue mi sorpresa al descubrir que aquí en Alemania también disponen de tales obras maestras del diseño. Aitor confirma que en Hungría también, con lo cual la premisa de que en todos los paises con pasado comunista disponen de wáteres con bandeja parece ser cierta. Por mucho que lo intento me es imposible entender el propósito de este diseño. No ahorra agua, debes tirar hasta 6 o 7 veces de la cadena para asegurarte de no dejar rastros. No es higiénico, el mal olor es tenaz y persistente. La única explicación razonable es que les gusta inspeccionar sus zurullos, por eso los wáteres comunistas tienen una bandeja inspecciona-boñigas incorporada. No me extrañaría que en el futuro los modelos más avanzados incorporen una bandeja digital: “¡¡Oh dios mio, 2 kilogramos!!” exclama Pawel contento y aliviado.
Ciertas personas sostienen que el único fin de la bandeja es evitar el indeseado “efecto salpicón”, pero según mi opinión cualquier hombre a lo largo de los años es capaz de adquirir la pericia necesaria para evitarlo. De todos modos siempre es mejor sufrir el “efecto salpicón” que el temible “efecto tope” que se produce en los wáteres comunistas en los que la bandeja está demasiado cercana al culo. Pero el problema no se limita sólo a la hora de soltar lastres mayores. Es prácticamente imposible mear de pie sin salpicarlo todo, según Aitor. Existe una técnica para mear de pie pero requiere de un alto grado de habilidad con el miembro; consiste en dirigir el chorro totalmente vertical apuntando al pequeño agujero con agua.
Por supuesto existe la alternativa de mear sentado, en alemán Sitzpinkel. Y, como todos sabemos, es ahi donde subyace uno de los mayores conflictos en la guerra de los sexos (gran tema para nuestro foro…). Aquí en Alemania es muy frecuente ver señales y pegatinas en los cuartos de baño que recuerdan a los hombres menos civilizados que deben sentarse.
A lo que yo he de añadir que si se quejan del wáter comunista es que no han visto el iraní (placa metálica conagujero en el medio y una manguera con un grifito) o el neoyorkino (taza normal pero huecos de 2 centímetros entre la puerta y el quicio, digo yo que para ver si está ocupado o no)
Y con esto os deseo un buen fin de semana a todos!
llevo unas semanas que no paro. La insistencia incontrolada de mi jefe para que mandara unos resúmenes (abstracts en la jerga) para unas conferencias, ha provocado que, a menos de 15 días de que comiencen, y con menos de la mitad del trabajo acabado, mi nivel de ansiedad y de estrés se haya multiplicado por 100. Además a eso hay que añadir que mi jefe lleva de vacaciones desde el 20 de julio y que tengo a mi cargo a una jovencita rusa alta y rubia con ganas de trabajar.
Ante la falta de creatividad y tiempo originada por tales circunstancias, voy a empezar una sección que se basará en reciclajes de historias pasadas, guardadas entre ceros y unos en la inmensidad de algún servidor desconocido.
Aquí va la primera parte:
Una mujer paseaba a su perro por la acera de enfrente. Sus ojos se abrieron. Seguramente no llevaba ni diez segundos dormido, pero el darse cuenta de que se había separado, aunque sólo fuera mínimamente, del mundo consciente le alarmó. Se puso en pie con decisión y fingiendo entereza dirigió sus pasos rumbo a casa.
Hacía frío, mucho más que las noches anteriores, pero su sentido de la responsabilidad había hecho que, hacía aproximadamente 10 horas, antes de salir de casa, hubiera mirado la predicción meteorológica. Aún así, la combinación de jersey y abrigo elegida había bajado su efectividad tras las dos últimas horas. Desde que se bajó del tranvía había estado deambulando y había otorgado al frío todos los salvoconductos para colarse definitivamente entre sus huesos. -¿Qué hora es? se preguntó y echó mano al móvil, ya que la correa de su reloj de pulsera se había resquebrajado hacía ya varias semanas en El Corripio. -Las 7:03. Joder, habrá que ponerse en marcha. La carrera es a las 8. La batería del móvil aún dio para grabar un video antes de apagarse definitivamente y arrebatarle a su dueño su única referencia temporal. La bombilla del portal número 25 de la calle no estaba bien apretada y la luz titileaba al tiempo que emitía un horrible zumbido. Estaba triste. Por primera vez parecía como que la ciudad no le respetaba. Se había mostrado agresiva, impertinente y eso le había decepcionado. Se cruzaron por su mente las imágenes de ella despidiéndose de él, pero eso había sido hace mucho tiempo. Recordaba que estaba aburrida y él mismo les animó a que se fueran a casa. Al fin y al cabo no estaban en su ambiente. Él en el fondo también lo agradeció.
La fiesta había empezado mucho antes de que llegaran, a juzgar por el estado en el que se encontraban algunos de los invitados, pero no fue la fiesta lo importante. Cuando salió era ya de los últimos. No se paró a contar qué o cuánto había bebido pero aún saboreaba el último porro artesanamente amasado con tabaco de liar cuando abrió el portal. 27. Lübbenerstr. 27. Era consciente de que si bebía algo más su cuerpo le iba a mostrar con toda crudeza lo que hace con los alimentos una vez los traga, pero eso no le quitó el deseo de humedecerse el gaznate de nuevo, así que tomo la decisión de comprarse un croissant en la panadería antes de hacer una parada en los turcos de debajo del metro para comprarse una Warsteiner de medio litro. Llegó a sentirse aburguesado cuando subieron los punkis al tranvía con sus cervezas de 25 centimos y sus perros llenos de piojos; la suya había costado 1,30 y además tenía una ducha en casa. Recordó también como los restos que quedaban en la botella al decidir bajarse unas paradas antes de su destino fueron esparcidos por el suelo. El hambre volvió a pedir turno de palabra y la conversación con el dueño del local de kebabs se limitó a la petición de un Döner con queso y a dar las gracias. La botella la dejó en la entrada con la intención de recogerla al salir para cobrar el pfand al día siguiente y casi lamentó la pérdida de esos 8 céntimos cuando el compañero que estaba limpiando las mesas recogió su botella y la metió en una caja. Desde ese momento todo fue cuesta abajo. Klub der Republik, August Fendler, Zu Dir oder zu Mir, Alte Kantine, Soda, 23, The Doors, incluso en el Knaack le fue denegada la entrada. Algunos estaban vacíos, otros cerrados aunque llenos de gente, en algunos había que pagar...... él sólo buscaba un sitio para estar. Nada más. Hacer tiempo hasta la carrera. En casa estaría ella, soñando, pero volver no era una opción. Lo intentó en el último sitio que tenía en mente. El Magnet. La puerta estaba cerrada, pero se abrió para dar salida de una pareja con ganas de acabar la noche en algún lugar más cómodo. Aprovechó para colarse. Se fue hacia una mesa, dejó su abrigo encima y se dirijió hacia la barra. Ahora lo que le apetecía era un whiskey. Volvió con las manos vacías y tuvo que levantar el abrigo de la mesa porque un maromo equipado con un trapo y una botella de ginebra así lo quiso. Al poco, un foco intenso iluminó en local y la música cesó. Señal inequívoca de que el local, como portavoz oficial de la ciudad, le echaba de allí a patadas. Lejanas le parecían ya las campanadas de la Inmanuelkirche que había oído mientras se dirigía a la Greifwalderstrasse -DOOONG DOOONG DOOONG DOOONG DOOONG DOOONG. Al salir del Magnet había vuelto a mirar el reloj, esperando que fuera la hora apropiada. Pero no. Así que decidió sentarse a esperar.
Una mujer paseaba a su perro por la acera de enfrente. Sus ojos se abrieron. Seguramente no llevaba ni diez segundos dormido, pero el darse cuenta de que se había separado, aunque sólo fuera mínimamente, del mundo consciente le alarmó. Se puso en pie con decisión y fingiendo entereza dirigió sus pasos rumbo a casa.
Tenía que hacer algo más de tiempo. El visitante tenía que salir de casa a las 7:45. Él mismo le había explicado la tarde antes cómo llegar a la estación de Zoo, y aún se acordaba: 7:58 coger el tranvía M1 hasta Hackescher Markt, 8:17 coger el S-bahn S75 en dirección a Spandau. El trayecto a casa no tendría porque durar más de 10 minutos, pero logró que se trasformaran en media hora. Hizo una parada en una panadería y compró unos panecillos. Eso es lo que hace la gente decente. Dos de semillas de calabaza y dos de sésamo. La petición la tuvo que repetir al menos tres veces, ya que su dicción a esas horas de la mañana, estaba reñida con las vocales con diéresis. El sol había ya despuntado y los atléticos berlineses corrían por la calle embutidos en ridículas mallas. Qué se le va a hacer. Son dos formas distintas de ver la vida. Incapaz de saber la hora, se alejó de casa para dar un rodeo, otro más. Pasó por delante de la comisaría, del parque, del restaurante de sushi que tanto le gusta, atravesó el parking -solar habitado por coches- que hay debajo de su edificio y se fijó en la matrícula de uno de los coches que allí había. WÜ. El sello de rombos blancos y azules hizo que se fijará más hasta descubrir que el coche era de Würzburg, curiosamente la ciudad bávara a la que se dirigía el tren que el visitante tenía que coger en aproximadamente una hora y lugar del bautizo al que estaba invitado. Subió las escaleras no sin antes abrir el buzón. Recordaba perfectamente haberlo abierto antes de salir hacia la fiesta, pero ya no sabía que pensar de los carteros alemanes. A lo mejor habían dejado una carta. Un pase para la fiesta del Mojo Club en el Roter Salon a la que no había podido ir la noche anterior. Al entrar en casa apareció el pasillo. A un lado una puerta entreabierta dejaba ver un bulto sobre la cama. Si hubiese fijado más la vista podía haber reconocido la cara de ella entre tanto pelo. Al otro lado el salón, hogar de la tele, cuyo sofá había estado ocupado las últimas dos noches por el visitante. Estaba a punto de irse. No había desayunado así que le pareció bien darle uno de los panecillos que había comprado. De sésamo, que los de calabaza le gustaban a él. Cerró la puerta tras de sí y aún podía oirle bajar las escaleras con la maleta cuando se tumbó sobre el sofá, encendió la tele y se puso a ver la carrera. Cuando volvió a abrir los ojos, un sonriente Fernando Alonso rociaba con Champagne la cara de su jefe. En ese momento sentió envidia.
Well, show me the way To the next whisky bar Oh, don't ask why Oh, don't ask why
Show me the way To the next whisky bar Oh, don't ask why Oh, don't ask why
For if we don't find The next whisky bar I tell you we must die I tell you we must die I tell you, I tell you I tell you we must die
Oh, moon of Alabama We now must say goodbye We've lost our good old mama And must have whisky, oh, you know why
Oh, moon of Alabama We now must say goodbye We've lost our good old mama And must have whisky, oh, you know why
Well, show me the way To the next little girl Oh, don't ask why Oh, don't ask why
Show me the way To the next little girl Oh, don't ask why Oh, don't ask why
For if we don't find The next little girl I tell you we must die I tell you we must die I tell you, I tell you I tell you we must die
Oh, moon of Alabama We now must say goodbye We've lost our good old mama And must have whisky, oh, you know why
Viajo a través del tiempo y el espacio y me presento, inesperado, para recordar al resto de los fikimiembros y en especial a Guille Miskatonik, que sólo hay un "puto-mejor-jugador-de-mono- de-la-historia" y ese soy yo.